17 enero 2008

Novela y poesía

Muerte del padre

16 enero 2008

Fotos de la lectura de José Luis Peixoto

13 enero 2008

Cementerio de pianos

Cuando empecé a enfermar, pronto supe que iba a morir.

En los últimos meses de mi vida, cuando aún conse­guía hacer a pie el camino entre nuestra casa y el taller, me sentaba sobre un montón de tablas y, sin ser capaz de ayudar en las cosas más simples: igualar el marco de una puerta, clavar un clavo: me quedaba viendo cómo Francisco trabajaba ensimismado, en medio de una nie­bla de motas de serrín. De joven yo también era así. En esas tardes, tanto tiempo insoportable después de ha­ber sido joven, me aseguraba de que no me estaba vien­do y, cuando ya no aguantaba más, metía la cabeza en­tre las manos. Soportaba el peso inmenso de mi cabeza: mundo: me tapaba los ojos con las manos para sufrir dentro de la oscuridad, dentro de un silencio que fingía. Después, en las últimas semanas de mi vida, ingresé en el hospital.

Marta nunca fue a visitarme al hospital. Estaba embarazada de Hermes. Estaba en los últimos meses y Marta, dada su complexión, necesitó muchos cuidados durante el embarazo. De repente, me acuerdo de cuando era pequeña y tan feliz con el patinete que le compré de segunda mano, me acuerdo de cuando iba a la escuela, me acuerdo de tantas cosas. Mientras yo estaba en el hospital a la espera de morir, Marta estaba en otro hos­pital, no demasiado lejos, a la espera de que Hermes naciese.



-¿Cómo está mi padre? -preguntaba Marta, acos­tada, mal peinada, con las sábanas de la cama de hos­pital tapándole la barriga.

-Pues sigue igual -respondía alguien mintiendo. Alguien que no era ni mi mujer, ni Maria ni Francisco, porque ninguno de ellos tenía fuerzas para mentirle.

La última tarde en que estuve vivo, mi mujer, Maria y Francisco fueron a verme. Durante toda la enferme­dad Simão nunca quiso visitarme. Era domingo. Yo es­taba separado de los otros enfermos porque iba a morir. Intentaba respirar y mi respiración era un zumbido gra­ve, ronco, que llenaba la habitación. En el extremo de la cama, mi mujer lloraba, ahogada por las lágrimas, por el rostro desencajado y por el dolor: el sufrimiento. Sin escoger las palabras, las pronunciaba entre gemidos pro­longados, estirados, largos, interrumpidos solamente por resuellos ansiosos. Eran palabras que ardían dentro de su cuerpo delgado, vestido con chaqueta de punto, una fal­da bien conservada, zapatos abrillantados:

-Ay mi hombre mi amor que eres mi amor y yo me quedo sin ti mi hombre mi compañero mi amor tan grande tan grande.

Maria lloraba e intentaba abrazar a su madre, con­solarla, porque, en el pecho, sentían las dos el mismo vacío definitivo y terrible que yo también habría senti­do si algún día hubiese perdido a una de ellas. Francis­co miraba por la ventana. Procuraba no ver. Procuraba no saber aquello que sabía. Procuraba ser un hombre. Después, serio, se acercó a mí. En un tiempo eterno y concreto, me acarició la cara y puso su mano sobre mi mano. En la mesilla, sobre la tapa de hierro grisáceo, encontró un vaso de agua y un palito que tenía un tro­zo de algodón en la punta. Mojó el algodón en el agua y me lo colocó en la boca seca y abierta. Lo mordí con toda la fuerza que tenía, y Francisco se sorprendió al sentir por última vez mi fuerza. Retiró el algodón. Me miró y lloró también, porque ya no era capaz de aguan­tarse. Maria lo abrazó y lo trató como cuando era pe­queño:

-No tengas miedo, que no vamos a dejarte solo. Va­mos a cuidar de ti.

Toda mi fuerza. Usé toda mi fuerza y sólo conseguí emitir un sonido horrible de moribundo. Quería decir­les a Francisco y a Maria que yo tampoco los dejaría solos, quería decirles que yo era el mayor amigo que te­nían en la vida, que nunca los dejaría solos y que nun­ca dejaría de ser su padre, ni de cuidar de ellos, ni de protegerlos. En vez de eso, usé toda mi fuerza y sólo conseguí emitir un sonido horrible de moribundo. El sonido de una voz que ya no conseguía hablar, el soni­do de una voz que, usando toda su fuerza, sólo conseguía hacer un ruido ronco con la garganta, un sonido horrible, un sonido de moribundo. Miraron hacia mí y lloraron más, y sintieron en el pecho todo el vacío terrible, negro: profundo profundo: que yo también habría sentido si algún día hubiese perdido a uno de ellos.

Se fueron a casa de Maria y cada uno se abandonó a una esquina dentro del sufrimiento. Lejos, protegida, Ana tenía dos años y estaba en casa de los abuelos por parte de padre. Desprotegidos, mi mujer, Maria y Fran­cisco esperaban a que el teléfono sonara. Esperaban a que llamasen del hospital con la noticia de que yo ha­bía muerto. Así fue como habló la enfermera:

-En principio, telefonearemos también hoy. Llama­remos una vez que su marido fallezca.

Así fue como habló la enfermera. Quizá sin darse cuenta de que mi mujer ya no era nadie. Sin darse cuen­ta de que las palabras que le decía se perdían sin eco dentro de su oscuridad.

Lenta, la noche. Con la lentitud desmedida de las cosas mundanas, la noche cubrió todos los lugares del mundo que estaban todos allí a la vez: la casa de Ma­ria: los muñecos de imitación de porcelana sobre los es­tantes de los armarios, las cubiertas de los sofás, las esquinas dobladas de las alfombras, las lámparas de imitación de cristal, las pinturas estampadas en los cua­dros: y la casa de los cumpleaños en la que, desafinando, cantábamos «Cumpleaños feliz», dábamos palmas desa­compasadas y nos reíamos: y la casa de las Navida­des donde me sentaba en el sofá, y se ponía el mantel con dibujos de pinos y campanas, y se usaban las copas altas. En esa casa, cada uno se abandonó a una esquina dentro del sufrimiento.

A las nueve de la noche, el teléfono sonó. El teléfo­no sonó durante un momento que fue muy largo, por­que nadie quería contestar, porque todos tenían miedo de contestar, porque todos sabían con una certeza muy grande que, al contestar, se acabaría definitivamente la esperanza hasta el último instante, se acabarían los casi tres años de mi enfermedad que, siempre se supo, me conduciría a la muerte, me conduciría hasta aquel teléfono que sonaba y al que nadie quería contestar. El te­léfono sonó. El sonido atravesó la casa y el pecho de mi mujer, de Maria y de Francisco. Quien contestó fue el marido de Maria. Sus palabras dentro de una suspen­sión negra del tiempo, como dentro de una sombra del tiempo:

-Sí, sí. De acuerdo. Ya se lo digo.

Se acercó a mis hijos y a mi mujer y se lo dijo. Un muro invisible entre su rostro y las palabras que decía. Un muro invisible entre el mundo y las palabras que de­cía. Un muro que no permitía la comprensión inmedia­ta de palabras tan simples. Kermes acababa de nacer.

Kermes acababa de nacer.

Las palabras fueron:

-Ha nacido el niño de Marta.

En el hospital, Marta estaba descansando. Y nadie sabía cómo estar feliz, pero la felicidad era muy fuerte y crecía dentro de ellos. Era como si tuviesen un manantial de agua en el pecho y la felicidad fuese esa agua. Hubo un milagro que hizo que las lágrimas se transformaran en lágrimas. Y tenían las manos posadas sobre el pecho. Tenían los párpados cerrados muy despacio sobre los ojos para sentir la lluvia ligera de aquella felicidad que los cubría, que los inundaba.

Pasó una hora. El teléfono sonó de nuevo.

Yo acababa de morir.

De Cementerio de pianos (2007)


10 enero 2008

Un texto de Te me moriste (2004)

Hoy he regresado a esta tierra ahora cruel. Nuestra tierra, padre. Y todo como si continuase. Ante mí, las calles barridas, el sol ennegrecido de luz limpiando las casas, blanqueando la cal, y el tiempo entristecido, el tiempo parado, el tiempo entristecido y mucho más triste que cuando tus ojos, claros de niebla y marejada fresca lejana, devoraban esta luz ahora cruel, cuando tus ojos hablaban alto y el mundo no quería ser más que existir. Y, sin embargo, todo como si continuase. El silencio fluvial, la vida cruel por ser vida. Como en el hospital. Decía nunca te olvidaré, y hoy me acuerdo. Rostros que se vuelven desconocidos, desfigurados en mi certeza de perderte, en mi desesperación desesperación. Como en el hospital. No creo que puedas haberlo olvidado. Mientras esperaba a mi madre y a mi hermana, las personas pasaba ante mí como si el dolor que me llenaba no fuese oceánico y no las abarcase también. Las mujeres hablaban, los hombres fumaban cigarros. Como yo, esperaban; no a la muerte, que nosotros, seres incautos, cerramos siempre los ojos en la esperanza pálida de que, si no la vemos, ella no nos verá. Esperaban. En un coche demasiado rápido, mi madre, encorvada al perder lo que tenía, y mi hermana. Los hombres y las mujeres todavía hablaban y fumaban cuando subimos. En la habitación, en una cama cualquiera que no la tuya, tu cuerpo, padre. Quizá lejano, prendido en una mirada entreabierta y amarillenta, respirabas sofocado. El aire con el que luchabas, luchabas siempre, gritaba ronco su camino. Por la nariz entraba el tubo que te mantenía. A los pies de la cama, mi madre callada, viuda de todo. A la cabecera, mi hermana, yo. Cortinas de plástico, biombos de baño nos separaban de las otras camas. Puse mis manos en tus hombros débiles. Toda la fuerza había desfallecido en tus brazos, en la piel aún piel viva. Y te mentí. Dije aquello en lo que no creía. A la mirada amarilla, sofocada, dije que serías todo y seríamos de nuevo. Y te mentí. Dije vamos a volver a casa, padre; vamos que yo llevo la camioneta, padre; sólo mientras no puedas, padre; venga, ahora estás débil pero después, padre, después, padre. Te mentí. Y tú, sincero, pronunciando sólo una mirada suplicante, una mirada que nunca podré olvidar. Padre. A la hora, nos mandaron salir. Cuando salimos, agarrados como náufragos, la luz abundante nos bebía.

Y esta tarde, y esta tierra ahora cruel. En nuestra calle, nuestra casa. La puerta del patio parada ante mí, cerrada, desafiante. Decía nunca te olvidaré, y esta tarde lo he recordado. Con tus movimientos, he sacado del bolsillo tu juego de llaves y, como acostumbrabas, he puesto todo el cuidado en escoger la llave exacta, examinando cada una, enorgulleciéndome de cada una. Y, en la cerradura, el triunfo. Las cosas sucediendo como debe ser. El óxido, las bisagras soltaron un grito como un suspiro o un estertor. El aluminio al ras del mármol se arrastró, y barrió una figura verdadera y blanca en la gruesa manta de hojas de melocotonero. Abandonado sobre el tamaño grande de un invierno, el patio de cuando yo era pequeño, el patio que construiste, padre. Tristes tristes flores nuevas y hojas nuevas en las ramas de los árboles, bancales pintados de malvas, tréboles, hierbas verdes, verdes de cuando yo era pequeño y tú llegabas y me enseñabas trabajos de mayor. Céntrate, chico. Me centro, padre. No te preocupes. Yo también sé, yo también soy capaz. Me centro, padre, no te enfades. El trabajo no me da miedo. Estate tranquilo, padre. Flores nuevas y hojas nuevas en las ramas de los árboles, bancales pintados de malvas, tréboles, hierbas verdes, verdes de esta primavera triste triste.
Si pudiese te hubiera protegido. Me llamabas por mi nombre, me llamabas hijo, y oír mi nombre en tu voz, y oír hijo en el hilo cálido de tu voz era una emoción honda. Si pudiese te hubiera protegido. La esperanza, padre. Cada tres semanas, cinco mañanas seguidas te veían ir al tratamiento; yo, tu hijo, te veía ir al tratamiento y me dolía, me dolía la vida que en ti se negaba, la vida que te consumía, aunque la amases, la vida que te derribaba, aunque la amases. El tratamiento. Hablabas de él, pronunciabas la palabra, decías voy al tratamiento y nosotros, que lo sabíamos, nos llenábamos de una amargura indeleble, definitivamente marcada grabada en nuestra piel interior. Por voluntad tuya, nunca te atrasabas. Decías voy al tratamiento, me metías prisa, metías prisa a mi madre, como si algo te pudiese curar, como si algo pudiese devolverte los días. En el hospital, la sala de espera estancada de tiempo inútil y mi madre sentada, sola, lejos de nuestra casa y de nuestros lugares, como una niña tímida, avergonzada. Tú alejándote, como el chico tratante de vida que siempre quisiste que fuese, alejándote, vestido con la camisa más nueva y los pantalones más nuevos y la camiseta que te regaló mi hermana en tu cumpleaños, alejándote por los pasillos cargados de gris y encendidos con electricidad mate, alejándote, y la sensación terrible de que nunca más volverías.
He entrado en casa. Sólo la chimenea fría, las ventanas cerradas formando sombras afiladas en la oscuridad. Desde el silencio, desde la penumbra, crecen los espectros, ¿recuerdos? no, bultos que se negaban a ser recuerdos, o quizá una mezcla de carne y luz o sombra. Y te he visto te he pensado te he recordado, a la mesa, sentado en tu sitio. Todavía sentado en tu sitio y mi madre, mi hermana, yo, también sentados, rodeándote. Iguales a lo que éramos. Estábamos allí hace mucho tiempo, olvidados abandonados desde un día en que el transcurrir de las cosas se detuvo en nuestra felicidad humilde sencilla. Como una alegría, como si hubiésemos cenado o esperásemos a cenar o el mejor banquete, estábamos. Felices. No me decían nada, pero yo, mirando, lo sabía todo, como si fuese obvio, como si no pudiese ser de otra forma. Tú, seguro, habías llegado del trabajo, y había sido un día bueno, y estabas contento por eso, y las personas no dejaban de pagar y eso era bueno. Mi hermana estaba en el instituto, y las notas eran sólo sobresalientes y notables, y era lista, y sonreía por eso. Yo estaba en el primer curso de la tele-escuela, y no pensaba en las notas, y había jugado al balón, y había ganado, y si hubiese perdido era igual. Mi madre, madre verdadera de todos nosotros, nos miraba y sonreía así y sonreía por eso. Felices. Lejos de la lluvia gruesa de este invierno negro, lejos de tu cuerpo helado. Lívido en la luz temblorosa de las velas, arreglado, peinado con agua, vestido con el traje que te pusiste en la boda de mi hermana: tu cuerpo helado. Y la Capilla de São Pedro llena de gente que me abrazaba, llena de gente que me decía pobrecito y mi pésame y lo siento mucho, llena de gente que me buscaba y que quería sujetarme y amarrarme y decir pobrecito y mi pésame y lo siento mucho. Padre. Perderte. He revivido el silencio insepulto de tus labios muertos. Y las sombras de nosotros mismos, como si esperasen apenas estos pensamientos para perderse, mezclarse en el negro. El polvo de las horas sin gente que las viviese ha cubierto los muebles y el espacio cerrado entre ellos. Las paredes han vuelto a separar el invierno nocturno, permanente de la casa y el ciclo alterno de los días y del mundo, ajeno a nosotros, más allá de nosotros. Conmigo, la casa estaba más vacía. El frío entraba y, dentro de mí, se solidificaba. Varias sombras de mi sombra, inmóviles, se paseaban de cuerpo en cuerpo, porque todos ellos, todos míos, eran igualmente fríos y negros. He abierto la ventana. Muy lejos del luto de mi sentimiento, de mi ser, de mi propio ser, la puesta de sol se tiende en la aurora breve solemne de nuestra casa cerrada, padre. Y he pensado si no podrían los hombres morir como mueren los días, así, con pájaros cantando sin sobresaltos y la claridad lívida cristalina en todo y el fresco suave fresco, la brisa ligera agitando las hojas pequeñas de los árboles, el mundo inerte o moviéndose tranquilo y el silencio creciendo natural natural, el silencio esperado, por fin justo, por fin digno.
Padre. La tarde se disuelve sobre la tierra, sobre nuestra casa. El cielo deshace un aliento quieto en los rostros. Se enciende la luna. Translúcida, duerme un sueño cálido en las miradas. Anochece despacio. Decía nunca te olvidaré, y me acuerdo. Anochecía despacio y, a estas horas, a esta altura del año, desenrollabas la manguera con todo cuidado y, siguiendo reglas seguras, regabas los árboles y las flores del patio; y todo eso me enseñabas, todo eso me explicabas. Ven aquí a ver, chico. Y me enseñabas. Padre. Te dejaste permanecer en todo. Sobrepuestos a la pena indiferente de este mundo que finge continuar, tus movimientos, el eclipse de tus gestos. Y todo esto es ahora poco para contenerte. Ahora eres el río y las orillas y el manantial; eres el día, y la tarde dentro del día, y el sol dentro de la tarde; eres el mundo entero por ser su piel. Padre. No llegaste a envejecer, y yo quería verte viejo, viejecito aquí en nuestro patio, regando los árboles, regando las flores. Me hacen tanta falta tus palabras. Céntrate, chico. Sí. Me centro, padre. Y me quedo. Estoy. El atardecer, con oleadas de luz, se extiende por la tierra que te acogió y te conserva. Llora llueve brillo albor sobre mí. Y oigo el eco de tu voz, de tu voz que nunca más podré oír. Tu voz callada para siempre. Y, como si te durmieses, te veo cerrar los párpados sobre los ojos que nunca más abrirás. Tus ojos cerrados para siempre. Y, de una vez, dejas de respirar. Para siempre. Para nunca más. Padre. Todo lo que te ha sobrevivido me asalta. Padre. Nunca te olvidaré.

Traducción de Antonio Sáez

07 enero 2008

José Luís Peixoto nos presenta su último libro en portugués, Cal

José Luís Peixoto en el Aula


El próximo 15 de enero retomamos las lecturas del Aula con el escritor portugués José Luís Peixoto (Galveias, Ponte de Sor, 1974), una de las voces más sugerentes y rompedoras de la joven literatura portuguesa. Aunque ha frecuentado todos los géneros literarios, en España solo conocemos ediciones traducidas de algunos de sus relatos.
PEIXOTO es Licenciado en Lenguas y Literaturas Modernas (Inglés y Alemán) por la Universidade Nova de Lisboa. Ha sido ganador del Premio de Jóvenes Creadores del Instituto Portugués de la Juventud en las ediciones de 1997, 1998 y 2000; este último año publicó la obra de ficción Morreste-me y la novela Nenhum Olhar, finalista de los premios de la Asociación Portuguesa de Escritores y del PEN Clube, y ganadora del Premio José Saramago de autores noveles.

La aparición en 2001 del libro de poesía A Criança em Ruínas supuso para Peixoto un nuevo éxito de público y crítica. En 2002 salieron a la luz Uma Casa na Escuridão y A Casa, a Escuridão, novela y libro de poemas, respectivamente, sobre un mismo universo literario. En 2003 publicó el volumen de cuentos Antídoto, inspirada en el universo musical del disco The Antidote, del grupo portugués Moonspell, y, en 2005, escribió las obras de teatro Anathema, estrenada en París, en el Theatre de la Bastille, y À Manhã, estrenada en el Teatro São Luiz de Lisboa. En noviembre de 2006 apareció su, hasta ahora, última novela, Cemitério de Pianos.
Sus novelas han sido publicadas en Francia, Italia, Bulgaria, Finlandia, España, República Checa, Croacia, Bielorrusia y Brasil, encontrándose en preparación ediciones en Reino Unido, Hungría y Japón.
En castellano contamos con ediciones de Nenhum olhar (Nadie nos mira, Hiru Argitaletxea, 2001; traducción de Bego Montorio), de Morreste-me (Te me moriste, Editora Regional de Extremadura, 2004; traducción de Antonio Sáez) y de Cemitério de Pianos (Cementerio de pianos, Aleph, 2007; traducción de Carlos Acevedo).